Líneas perdurables | Anatomía de un lápiz acabado de tajar
Texto de Jaime Septién <estepais.com/author/jaime-septien/> 12/06/26 [image: Francisco González León] Francisco González León
En estas líneas perdurables, Jaime Septién escribe sobre los emotivos y enérgicos versos de Francisco González León, poeta jalisciense de suma gracia y estilo literario. Escucha este texto 3 min <beyondwords.io/?utm_source=https%3A%2F%2Festepais.com&utm_medium=player&utm_campaign=41988>
En la revista *Pegaso* del 31 de mayo de 1917, el poeta jerezano Ramón López Velarde se juzgó “consanguíneo” del poeta laguense Francisco González León (1862-1945). Las cigüeñas de la torre de la Iglesia, los verdes y mohosos muros conventuales, el santo olor de la panadería y los crepúsculos aletargados y melancólicos de la provincia mexicana los unían hondamente, en esa unión de paisaje y pasión que crece entre las alamedas polvorientas, el olor de una botica y los pájaros de oficio carpintero.
Un par de meses después, en la misma revista, López Velarde daba pistas sobre la poesía del poeta de Lagos: “Es simple por certero y laberíntico por hondo. Su certera singularidad lo faculta para decir que unas manos ‘exhalaban el aroma de un lápiz acabado de tajar’. Y su agudeza de minero lo faculta para ir descubriendo yacimientos de fábula”. Un amor de juventud —se casó ya mayor con Petrita y no tuvo hijos— dio pauta al poema “Inicial”, el cual inaugura su maravilloso y entrañable poemario *Campanas de la tarde *(1922):
Fue mi libro de texto un amor escolar; fue una muchacha triste, la que llegó a quererme tan hondamente, que dejó al pasar sobre mi vida, todo su atardecer.
Sigue la descripción de una colegiala que llevaba la manteleta azul de las internas y con la cual el futuro poeta compartía el escueto salón de dibujo del colegio Miguel Leandro Guerra. Ahí empezó el encuentro con la recordada (muchos años más tarde) Graciela, que tenía “esbeltez de gacela” y “sabiduría de abuela”. Tras el claro recuerdo de la muchacha, viene el olor con el que ha quedado impregnada su evocación:
¡Sus manos, lenidades de paloma, sus manos escolares que me empeñé en besar; sus manos que exhalaban el aroma de un lápiz acabado de tajar!
¿Quién de nosotros no sacó punta al lápiz —cuando no había sacapuntas a la mano— con una navaja, un cuchillo, una sierra pequeña? ¿Quién ha olvidado el olor de madera fresca, recién cortada, gozosa, antes de la escritura, del trazo, de las primeras líneas dibujadas en un restirador del salón de clases? La puntería del poeta, esa labor minera de sacar del pozo del ensueño una metáfora sensible, olfativa, real e imperecedera, lleva cosido en su traje a la tristeza:
¡Qué funestos augurios los de aquellas ternezas! ¡Qué tristezas tan hondas las de aquellas tristezas! ¡Qué la vida tan inconmensurable y fatal!
No volvió a vacaciones… Hoy un huerto la esconde… Fue una página en blanco, fue una página en donde comenzada aún, se mira una roja inicial.
Sus anteriores libros fueron un pequeño fracaso de crítica. *Campanas de la tarde *—“curado” por López Velarde y el doctor Pedro de Alba— obtuvo un magnífico reconocimiento, lo que no hizo que González León saliera de Lagos de Moreno (Jalisco) a buscar aplausos. Ahí murió en 1945, justo cuando en el otro lado del cerro del Calvario, de la Otra Banda o del cerro de los Chirlitos el mundo contemplaba el reguero de muertos de la Segunda Guerra.
No necesitó ir más lejos para entrar en el corazón humano que se despliega en la provincia: “Es la tierruca, dijo alguna vez, la pequeña patria; es ese medio en que hablan mejor las cosas que la gente; es mi cariño por esas cosas que me muestran su alma con el bendito impudor de un niño desnudo…”. Es el indeleble olor —diríamos nosotros— de “un lápiz acabado de tajar” lo que mueve a reconciliarnos con el dolor y la pérdida. ¿Qué más puede la poesía? EP
Texto de Jaime Septién <estepais.com/author/jaime-septien/> 12/06/26 [image: Francisco González León] Francisco González León
En estas líneas perdurables, Jaime Septién escribe sobre los emotivos y enérgicos versos de Francisco González León, poeta jalisciense de suma gracia y estilo literario. Escucha este texto 3 min <beyondwords.io/?utm_source=https%3A%2F%2Festepais.com&utm_medium=player&utm_campaign=41988>
En la revista *Pegaso* del 31 de mayo de 1917, el poeta jerezano Ramón López Velarde se juzgó “consanguíneo” del poeta laguense Francisco González León (1862-1945). Las cigüeñas de la torre de la Iglesia, los verdes y mohosos muros conventuales, el santo olor de la panadería y los crepúsculos aletargados y melancólicos de la provincia mexicana los unían hondamente, en esa unión de paisaje y pasión que crece entre las alamedas polvorientas, el olor de una botica y los pájaros de oficio carpintero.
Un par de meses después, en la misma revista, López Velarde daba pistas sobre la poesía del poeta de Lagos: “Es simple por certero y laberíntico por hondo. Su certera singularidad lo faculta para decir que unas manos ‘exhalaban el aroma de un lápiz acabado de tajar’. Y su agudeza de minero lo faculta para ir descubriendo yacimientos de fábula”. Un amor de juventud —se casó ya mayor con Petrita y no tuvo hijos— dio pauta al poema “Inicial”, el cual inaugura su maravilloso y entrañable poemario *Campanas de la tarde *(1922):
Fue mi libro de texto un amor escolar; fue una muchacha triste, la que llegó a quererme tan hondamente, que dejó al pasar sobre mi vida, todo su atardecer.
Sigue la descripción de una colegiala que llevaba la manteleta azul de las internas y con la cual el futuro poeta compartía el escueto salón de dibujo del colegio Miguel Leandro Guerra. Ahí empezó el encuentro con la recordada (muchos años más tarde) Graciela, que tenía “esbeltez de gacela” y “sabiduría de abuela”. Tras el claro recuerdo de la muchacha, viene el olor con el que ha quedado impregnada su evocación:
¡Sus manos, lenidades de paloma, sus manos escolares que me empeñé en besar; sus manos que exhalaban el aroma de un lápiz acabado de tajar!
¿Quién de nosotros no sacó punta al lápiz —cuando no había sacapuntas a la mano— con una navaja, un cuchillo, una sierra pequeña? ¿Quién ha olvidado el olor de madera fresca, recién cortada, gozosa, antes de la escritura, del trazo, de las primeras líneas dibujadas en un restirador del salón de clases? La puntería del poeta, esa labor minera de sacar del pozo del ensueño una metáfora sensible, olfativa, real e imperecedera, lleva cosido en su traje a la tristeza:
¡Qué funestos augurios los de aquellas ternezas! ¡Qué tristezas tan hondas las de aquellas tristezas! ¡Qué la vida tan inconmensurable y fatal!
No volvió a vacaciones… Hoy un huerto la esconde… Fue una página en blanco, fue una página en donde comenzada aún, se mira una roja inicial.
Sus anteriores libros fueron un pequeño fracaso de crítica. *Campanas de la tarde *—“curado” por López Velarde y el doctor Pedro de Alba— obtuvo un magnífico reconocimiento, lo que no hizo que González León saliera de Lagos de Moreno (Jalisco) a buscar aplausos. Ahí murió en 1945, justo cuando en el otro lado del cerro del Calvario, de la Otra Banda o del cerro de los Chirlitos el mundo contemplaba el reguero de muertos de la Segunda Guerra.
No necesitó ir más lejos para entrar en el corazón humano que se despliega en la provincia: “Es la tierruca, dijo alguna vez, la pequeña patria; es ese medio en que hablan mejor las cosas que la gente; es mi cariño por esas cosas que me muestran su alma con el bendito impudor de un niño desnudo…”. Es el indeleble olor —diríamos nosotros— de “un lápiz acabado de tajar” lo que mueve a reconciliarnos con el dolor y la pérdida. ¿Qué más puede la poesía? EP